miércoles 15 de julio de 2009

El buen nombre

Después de mucho (uff, mejor no digo cuánto) tiempo por fin se me hizo pasar un tiempo frente al televisor sin nadie a mi alrededor que estuviera haciendo comentarios o cambiando de canal a su parecer sin pensar en mi preferencia.

Ese día me quedé sola en casa y decidí, de buenas a primeras, pasarme la tarde viendo películas. El sistema de televisión de paga cooperó y El Buen Nombre comenzó a proyectarse.

El Buen Nombre, de Mira Nair, es la historia de una nueva familia indú que emigra a los Estados Unidos. Poco a poco y a base de muchos sacrificios se va integrando a la sociedad americana dándole a sus hijos la oportunidad de "ser alguien" en un país de occidente.

Sin embargo, el hijo mayor al paso de los años y, a causa de vivir en una familia bicultural, se encuentra confundido entre seguir las costumbres de su familia, de su raza y de su religión, o dejar de ser quien es y transformarse en un americano más.

La cuestión aquí es la identidad. La cual viene a ser parte inherente del ser humano y que arrastramos desde el vientre materno.

El buen nombre no sólo viene a identificar a una persona, también viene cargado de ideologías, creencias, valores, ética, etc. Y nos da en la torre cuando vivímos, con verdadera consciencia, lo que significa cada una de estas cuestiones en nuestra vida.

He aquí la razón de por qué mucha gente es atea, gracias a Dios, por qué dejamos a un lado la ideología y seguimos la filosofía. Sin embargo aquí también entra un concepto que define al ser humano: fe.

La fe le hace seguir el camino que cree correcto, en abrazar la ideología de su preferencia. La fe en sí misma es la que da luz y certeza a la vida diaria.

Así pues, como la materia, la fe se transforma en religión, en estilos de vida, en el eje del ser humano.

La fe no tiene nombre, creéncia o filosofía, sin embargo es la que mueve al mundo, la que nos alienta día a día y la que nos hace creer en nosotros mismos.

sábado 11 de julio de 2009

Mi vecino el asesino

Hay un libro que me recuerda mucho esta anécdota que les voy a platicar pues aquí lo que sobra es pura imaginación. La obra se llama "Casi medio año" y es la historia de un niño que se encuentra un cuaderno tirado en su casa y de inmediato lo adopta como su diario durante casi medio año. En fin...

En esta anécdota no encontramos un cuaderno ni lo usamos de diario; eso sí, este blog fungirá como hoja de papel para conservar la historia de mi infancia.

Llegada la época de vacaciones, mis vecinos y yo nos dábamos cita todas las tardes a mitad de nuestra calle para comenzar con los juegos. El primero era siempre "la traes" o "encantados", y así entre correr a la base y el un, dos, tres por todos mis compañeros... ¡salvación! se nos iban las horas hasta que el sol comenzaba a ponerse. Ese era el momento para inventar nuevas travesuras.

Cuando terminábamos con el repertorio de juegos, siempre salía un listo que proponía jugar "Pinocho". Entre todos escogíamos a la víctima y él(ella) era el encargado de tocar el timbre de la casa que escogíamos para él. Cuando se acercaba y timbraba, todos salíamos despavoridos a escondernos y después aparecer como los pingüinos de Madagascar... con cara de no rompemos un plato.

Las caras molestas del vecino cuando veían que no había nadie a la puerta eran la corona de laureles para nuestros juegos. Y todos reíamos hasta que un día tocamos en aquella casa, la que tenía muchísimos azulejos, muchísima herrería, la casa del "cazador".

No recuerdo quien fue la víctima, sólo vienen a mi mente el momento en que el hombre chaparro y gordo, bigotón y muy mal encarado, vestido con pantalones de trabajo y una camiseta blanca, asomó a su puerta.

Realmente era atemorizante verlo, nos gritó y amenazó con perseguirnos por portarnos mal. Craso error, se convirtió en el primer blanco de cada tarde. Hasta aquel día, cuando, enojadísimo, salió con un machete a abrir la puerta.

Ese día dejamos de molestarlo. Con el machete también nació la leyenda urbana. Poco después decían que ese hombre secuestraba niños y que los despedazaba con el machete. Obvio, nuestras infantiles mentes fueron presas de tantos dimes y diretes.

Con los años, lo único que ha cambiado en torno a él es su cabeza. Sigue siendo tan mal encarado y gruñón como lo recuerdo. Incluso los vecinos omiten dirigirle la palabra.

Hoy el "cazador" tiene un par de nietos, pequeños todavía, la verdad dudo que lleguen a escuchar las historias que se decían de su abuelo. Me pregunto si todavía conservará el machete y si alguna vez en su vida les contará cómo logró ahuyentar a los traviesos vecinos que jugaban Pinocho con el timbre de su hogar.

viernes 10 de julio de 2009

Fe de erratas

No sé si usted lo notó o no, el caso es que me desaparecí por mucho tiempo.

Pude haber avisado, dejado una nota en el blog comunicándole mi escasa participación durante una temporada, incierta por cierto, sin afán de perderme por completo, pero sí con toda la intención de mantenerlo en constante monitoreo del mismo a ver cuándo se me ocurría volver a escribir.

Déjeme platicarle que esta velada desaparición comenzó hace 8 meses para ser exactos. No le voy a platicar de mis demonios y tragedias pues la verdad, esos me los reservo para mí. Lo que sí puedo decirle es que he trabajado tanatológicamente un evento en mi vida y he concluído con un pendientito llamado titulación. He ahí la causa de mis desvelos y ausencias.

A usted que sigue leyendo, le doy nuevamente la bienvenida, me quito el sombrero y le aplaudo por su fidelidad, por su arduo monitoreo (o google reader como guste llamarlo) y por detenerse a leer en este pensadero...

Bueno, ahora sí con un nuevo brío... A darle que es mole de olla!